No voy a dedicar más canciones ajenas, que ese próximo y
concluyente pedazo de amor que me toca sea merecedor de esta canción,
de este poema,
de dibujar su cuerpo en sanguina con los trazos que me quedan de recuerdos tenues,
de
reflejos en la ventana sucia tras la cortina azul,
de ilusiones solazadas por la luz que traspasa
la tulipa de la lámpara y que van detonando en mi cabeza cada vez que siento lo
que me dejo de su perfume dulce o cada vez que veo sus cabellos por mis letras y sobre los
adoquines de la jaula.
Que su cuerpo sea un retruécano y sus labios no digan las
palabras correctas para que yo pueda corregirla y pedirle 20 veces que me cante
esta,
su canción,
al oído
de las madrugadas en que escapa de mis sueños tras el conejo blanco.
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